lunes, agosto 24, 2009

Far away, so close

“Amor de lejos, felices los cuatro”, reza el dicho popular, pero quienes se involucran en una relación a distancia parecen no estar inconformes con el casi nulo contacto que tienen con su pareja; incluso, hoy en día le encuentran numerosas ventajas a la tierra de por medio.

Claudia Altamirano

1925. Hannah Arendt, una brillante estudiante de filosofía se inscribe a la cátedra del maestro Martin Heidegger, a quien admira fervorosamente. La compatibilidad de sus pensamientos los lleva a entablar una febril relación amorosa que se ve interrumpida por la política, la guerra y los matrimonios de ambos, pero que logra sostenerse de una delgada cuerda: la correspondencia.
Siendo ella judía y él un miembro del partido Nacional Socialista, se vieron obligados a separarse geográficamente, tras lo cual, lo único que podían hacer para mantener el vínculo era leerse.

El idilio sufrió varias y largas separaciones, incluso de años, pero su afinidad intelectual, condimentada con el hecho de tener todo en contra, mantuvo ese sentimiento vivo por medio siglo, del cual sólo tuvieron contacto físico una tercera parte y el resto, el amor se alimentó sólo de palabras.

Las relaciones a distancia no son algo nuevo, ni algo propio de personas poco inteligentes –éstos filósofos lo demuestran-, ni nacieron con el Internet y la globalización –aunque su auge se ha dado gracias a éstos fenómenos-. El amor de lejos es tan viejo como el amor mismo, pero en la actualidad sus protagonistas ya no lo ven con resignación ni lo acompañan de gran desolación: hoy se ve como una opción llena de virtudes, incluso más que las relaciones cercanas.

Mayor comunicación, emociones más intensas, menos peleas y un mayor conocimiento del otro, son algunas de las ventajas que los amorosos en la distancia argumentan en defensa de su relación: la distancia los obliga a ser más honestos -pues el otro no tiene más opción que creer en lo que le dicen-; los hace valorar más el poco tiempo que pasan juntos y hablan mucho más que otras parejas, pues el único contacto que tienen durante semanas es a través del logos.

Ser sin estar. Apoyar al otro sin poder darle una palmada en la espalda, o una caricia en el cabello. Matar a la soledad sin desaparecerla. Mantener vivo el sentimiento de alguien que vive en otro estado, otro país, hasta otro continente, parece tan difícil que el pronóstico general para quienes lo intentan es el fracaso.

Pero los protagonistas del amor de lejos tienen otro punto de vista. No sólo se resignan a vivir sin su pareja –como las mujeres de los soldados o de los migrantes- sino que han aprendido a explotar las ventajas de la distancia y sortear la melancolía que provoca.

“Es que vernos es como si no hubiera pasado el tiempo, como estamos todo el tiempo conectados, escribiéndonos, por mensajes de celular.. estamos muy al tanto de lo que le pasa al otro. Yo sé cuando va al doctor, cuando tiene broncas en la chamba o familiares, y él igual”, argumenta Elizabeth, cuyo novio vive en Francia y con quien se ha encontrado cuatro veces; sumando los días, han convivido dos meses y medio, de un año en total.

Un océano de por medio

Se conocieron en una reunión de trabajo en Ámsterdam, donde salieron por una semana y luego volvieron a sus lugares de origen, sin pensar que ese romance vacacional trascendería. Hugo habla español, y en ese idioma empezaron a escribirse por email, vía por la que descubrieron sus afinidades y decidieron iniciar una relación. “Nos fuimos enamorando a través de mails, del messenger durante dos meses”, relata Elizabeth, hasta que él vino a México y se quedó un mes entero en su casa. Ha vuelto dos veces más y el último encuentro fue en París, donde ella permaneció sólo cuatro días.

Aunque admite que sí se ha cuestionado las posibilidades de esa relación y hasta dónde puede llegar, ella dice sentirse mejor con él que con nadie antes, y que, aun en la distancia, siempre se siente acompañada por él.

“Lo dejamos fluir, así comenzó y así ha llegado hasta aquí, no sabemos que pasará pero no perdemos tiempo discutiendo sobre un futuro que no existe, lo que existe es el aquí y ahora. Por eso también es tan intensa la relación, a veces cuando lo tienes cerca das por hecho que el otro siempre va a estar ahí y ya te ocupas de otras cosas”.

Tan lejos y tan cerca

Una constante de éstas relaciones es la sensación de estar más acompañados por el que está lejos que por los que se tiene cerca. “En ocasiones anteriores he tenido un abismo inmenso, emocional y físico, con personas que duermen a mi lado”, expresa Raúl, comunicador de 38 años cuya pareja, Constantino, vive en Tabasco.

“Cuando tuve un accidente hace poco, nadie fue a visitarme. En cambio, aun con la distancia que hay, mi contacto, lo que me recuerda que estoy vivo y que hay alguien que me quiere, son los mensajes de Raúl. Para mi es nutritivo”, agrega Constantino, de 30 años de edad.

Ésta pareja, que se buscó y encontró en Internet hace tres meses, se ha reunido sólo tres veces y sostuvo contacto virtual y telefónico durante tres semanas antes de verse por primera vez. “Sé que es muy importante la retroalimentación del contacto físico, pero a mí me llena espiritualmente saber que la conexión con él es muy fuerte, que tenemos un diálogo franco y un respeto absoluto por el otro”, afirma Raúl.

Es como el síndrome de Romeo y Julieta, afirma por su parte la doctora en psicología social, Sofía Rivera. La especialista coincide con los amorosos a distancia en que la comunicación se vuelve más efectiva que en la cercanía, pues mientras más lejos están, más necesitan saber del otro. “Eso parece obvio, basan su comunicación en la frecuencia más que en la profundidad, por la necesidad de saber qué sucede con algo que no veo”.

Sin embargo, Rivera advierte que lo que se puede decir a través de esos canales es ficticio, pues al no estar cerca de la pareja, ésta puede crear un ambiente o imagen que no corresponde a la realidad.

“Eso es lo que los mantiene adictos a esa relación; mientras les cause problemas por el traslado, por el riesgo de que el otro se involucre en algo más, por comunicarse diario, se mantienen ahí. En el momento en que vean que están cerca y felices, se desmorona”, refiere la catedrática de la UNAM.

Intimidad exprés

El tiempo –o la falta de él- es un factor determinante en el amor a distancia. El viajar dos, tres, ocho horas (por tierra o por aire) para encontrarse con la pareja implica que, los días que se ven, hacen todo juntos: comer, dormir, salir, compromisos sociales, trámites de banco, a veces hasta trabajar. Esto crea una intimidad forzada e inmediata, pues se comparten, desde el primer contacto, cosas y situaciones que regularmente vivirían hasta ya avanzada la relación.

“Es que yo pienso que saltas así porque no tienes el tiempo para sembrar algo más. Todo tiene que ser tan rápido, que te avientas lo de una relación de seis meses en una semana”, explica Jessica, asistente de producción televisiva de 25 años.

Jessica conoció a Carolina en un bar, a través de otra amiga, pero el contacto entre ellas sólo fue virtual durante las primeras dos semanas, posteriormente vía telefónica. Un mes después, se fueron juntas a Acapulco. Ahí empezaron su relación. Jessica vive en la Ciudad de México y Carolina en Morelia. Están por cumplir dos meses y se han reunido tres veces. “La relación ha sido muy extrema porque pasamos de la nada al todo inmediato”, reitera Jessica.

“Pero es muy diferente vivir una etapa de amasiato que vivir juntos”, refiere la doctora Rivera. Coincide con ella la maestra Lilia Joya, también catedrática de la Universidad, quien señala que cada encuentro de éstas parejas es muy intenso, porque cada nuevo encuentro está idealizado y fantaseado, “pero en el sentido estricto son relaciones que no responden a la realidad y a un proceso de crecimiento y maduración personal. En éstas relaciones lo que se busca es evitar la cotidianeidad, son mágicos los momentos juntos porque son situaciones aisladas que no tienen que ver con una situación de pareja real”, puntualiza la psicóloga.

¿Felices los cuatro?

“Para tener un amor de lejos debes tener 100 por ciento confianza en la otra persona”, afirma Aldo, estudiante y coordinador de campamentos para niños. “Si no confías, estás en el hoyo”. Este chico de 23 años sortea las desavenencias de su relación a distancia enfocándose en conocer más a Thalía, su novia de 19 años. “Cuando ella nota que te ocupas de conocerla y saber qué es lo que le hace sentir bien, hay menos posibilidades de que sea infiel”, dice.

Aunque la distancia entre ellos es menor –él vive en la capital y ella en Puebla-, las complicaciones no son nulas, por lo que Aldo refiere que, para sostener una relación así, realmente se debe saber lo que se busca en otra persona. “Si lo que tienes es lo que quieres, entonces no hay que discutir, si ella es lo que quieres, no te va a afectar mucho, por que harán lo posible por verse seguido”.

Es que viviendo en ciudades diferentes, salir con otras personas se vuelve pan comido, pero si éstas parejas caen en la trampa de los celos, su relación no durará, aseguran tanto especialistas como protagonistas. “En vez de estarme haciendo telarañas mentales trato de no fallarle”, recomienda Reynel, productor de televisión de 31 años.

Reynel y Saby llevan juntos un poco más de tres años, él viviendo en el Distrito Federal y ella el Toluca. La cercanía de éstas ciudades facilitó el contacto, de hecho, él trabajó varios años en esa ciudad, por lo que se veían todos los días; sin embargo, desde hace un año y medio sólo pueden verse los fines de semana, por el trabajo de ella y porque él ya no trabaja en Toluca.

“Yo llevo nueve años viviendo solo, sé manejar muy bien mi soledad. Entonces si de pronto me ataca el fantasma mejor me terapeo y procuro no estar pensando en eso; es como tu propia salud mental y eso lo reflejas”.

Y vale más que así lo hagan, pues la distancia hace crecer las dudas, ante la imposibilidad de saber realmente qué está haciendo el otro, o dónde está. “Es como ojos que no ven... Tienen que ser personas muy seguras las que crean este tipo de relaciones, porque de lo contrario se harían una obsesión. Deben ser personas, o muy independientes, o muy frías”, advierte la doctora Sofía Rivera.

Xeng-li conoció ese lado negativo de las relaciones a distancia. Cuando tenía 22 años, salió durante una semana con un chico que estaba de vacaciones en Tapachula, su ciudad, pero que pronto regresaría a Tamaulipas a seguir estudiando. Pese al escepticismo de ella, iniciaron una relación que duró un año y medio -encontrándose cada dos o tres meses- y que terminó cuando ella descubrió que él ya salía con otra.

Daños colaterales

Cartagena de Indias, Colombia. Mientras Alberto tomaba un curso de Ciencias Forenses, Lucy vacacionaba con su hija. Él, mexicano de 33 años, ella colombiana de 38. Se encontraron en un café del Centro; conversaron, salieron durante 15 días y luego ellas volvieron a su natal, Cali. Mantuvieron contacto vía email y así decidieron ser novios. Llevan un año juntos, durante el cual se han reunido cinco veces. Ya conocen a las familias de ambos y sí quieren formar una familia juntos, por lo cual contemplan la mudanza, ya sea a Cali o a Ciudad de México.

Alberto sostiene una muy buena relación con la hija de Lucy, lo que facilita sus planes a futuro, que espera puedan cumplirse en un plazo de un año.

Éstas relaciones, en las que los involucrados pueden vivir entre semana como solteros y los fines de semana como casados, funcionan hasta que la vida se empieza a complicar, como cuando alguno de los dos decide tener hijos, puntualiza la maestra Lilia Joya. “El cambio les va a costar muchísimo trabajo, porque la relación que tenían respondía a una serie de necesidades, no quiere decir que tenga que salir mal, pero les costará mucho”, afirma la psicóloga, “la comunicación tendrá que haber sido realmente buena, porque la necesitarán a la hora de aceptar el tener a otro en casa”.

Quien vive tanto las desavenencias del amor a distancia, como las complicaciones de la paternidad en ésta situación, es Noé. Como Elizabeth, Noé tiene un amor en Francia: una pequeña de cinco años, llamada Luna, a la que engendró con Marie, su ex asistente francesa, con la que sostuvo una relación de un año en México. Cuando supieron del embarazo, decidieron que Luna naciera en Francia, tras lo cual regresaron a México; pero Marie ya no quiso continuar con esa relación y decidió regresar a Poitiers, con su hija.

Así, Noé sólo vivió con su hija ocho meses y después, se convirtió en un amor a distancia. Mientras muestra las fotos de Luna, Noé cuenta que le llama por teléfono cada miércoles –el día de descanso general en Francia- y en las festividades; Marie le envía paquetes con dibujos, fotos y besos de Luna pintados con lápiz labial; le dibujan la silueta de su mano en una hoja y se la envían. Cuando hablan a través de Skype, la niña le canta una canción.



http://www.diasiete.com/09-08-2009/amandititita-contra-la-tele-desde-la-tele#more-4613

http://xml.diasiete.com/pdf/467/16REDESSOCIALES.pdf

2 comentarios:

Gerardo dijo...

Yo mantengo, por el momento, una relación a distancia porque las circunstancias han hecho que así sea, a un año ya de conocernos. Y no sé si por estar en algo así es que comprendo perfectamente a los entrevistados y coincido en la intensidad que ofrece la distancia y el compromiso que uno adquiere cuando los sentimientos son reales y dan pie a una confianza que muchas veces la cercanía no ofrece a pesar de que las palabras sean muchas y los actos incansables. ¿Dudas? CLARO!, pero no pienso que se trate de celos, que aunque algunas parejas parezcan muéganos, surgen de las telarañas, mencionadas por Reynel, simplemente se trata de confianza, algo en qué creer a pesar de lo que los demás puedan decirte.

**aeromusa ya no vive aqui** dijo...

Felicidades!!!
Señú... me encantó su artículo, y coincido totalmente con los entrevistados y las concluciones. Sentí dos o que tres pedradas... claro pero es bien sabido que en cuestiones de amor, todo se vale, finalmente también es una guerra... o no?
abresús
=D